SOCIALES

Fortalezcamos las familias, permanezcamos de pie con Jesús en la perseverancia, en la plegaria, en comunión con la Iglesia.

PARROQUIA: NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN

VICARIO PBRO. JOSÉ MANUEL IZQUIERDO GARCÍA

PASIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO SEGUN SAN MATEO, 26, 14-27, 66
¿Cuánto me dan si les entrego a Jesús?
En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: «¿Cuánto
me dan si les entrego a Jesús?». Ellos quedaron en darle treinta monedas de plata. Y desde ese momento andaba
buscando una oportunidad para entregárselo.

¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?
El primer día de la fiesta de los panes Ázimos, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: «¿Dónde
quieres que te preparemos la cena de Pascua?». Él respondió: «Vayan a la ciudad, a casa de fulano y díganle: ‘El
Maestro dice: Mi hora está ya cerca. Voy a celebrar la Pascua con mis discípulos en tu casa’ «. Ellos hicieron lo que Jesús les había ordenado y prepararon la cena de Pascua.
Uno de ustedes va a entregarme al atardecer, se sentó a la mesa con los Doce, y mientras cenaban, les dijo: «Yo les aseguro que uno de ustedes va
a entregarme». Ellos se pusieron muy tristes y comenzaron a preguntarle uno por uno: «¿Acaso soy yo, Señor?».
Él respondió: «El que moja su pan en el mismo plato que yo, ése va a entregarme. Porque el Hijo del hombre va a morir, como está escrito de él; pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre va a ser entregado! Más le valiera a ese hombre no haber nacido». Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: «¿Acaso soy yo, Maestro?». Jesús le respondió: «Tú lo has dicho».
Este es mi cuerpo. Ésta es mi sangre
Durante la cena, Jesús tomó un pan y, pronunciada la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:
«Tomen y coman. Éste es mi cuerpo». Luego tomó en sus manos una copa de vino y, pronunciada la acción de
gracias, la pasó a sus discípulos, diciendo: «Beban todos de ella, porque ésta es mi sangre, sangre de la nueva
alianza, que será derramada por todos, para el perdón de los pecados. Les digo que ya no beberé más del fruto de
la vid, hasta el día en que beba con ustedes el vino nuevo en el Reino de mi Padre».
Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas. Después de haber cantado el himno, salieron hacia el monte de los Olivos. Entonces Jesús les dijo: «Todos ustedes se van a escandalizar de mí esta noche, porque está escrito: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño.
Pero después de que yo resucite, iré delante de ustedes a Galilea». Entonces Pedro le replicó: «Aunque todos se
escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré». Jesús le dijo: «Yo te aseguro que esta misma noche, antes de que el gallo cante, me habrás negado tres veces». Pedro le replicó: «Aunque tenga que morir contigo, no te negaré». Y lo mismo dijeron todos los discípulos.
Comenzó a sentir tristeza y angustia
Entonces Jesús fue con ellos a un lugar llamado Getsemaní y dijo a los discípulos: «Quédense aquí mientras yo
voy a orar más allá». Se llevó consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo y comenzó a sentir tristeza y angustia.
Entonces les dijo: «Mi alma está llena de una tristeza mortal. Quédense aquí y velen conmigo». Avanzó unos pasos
más, se postró rostro en tierra y comenzó a orar, diciendo: «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz;
pero que no se haga como yo quiero, sino como quieres tú».
Volvió entonces a donde estaban los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro: «¿No han podido velar conmigo ni una hora? Velen y oren, para no caer en la tentación, porque el espíritu está pronto, pero la carne
es débil». Y alejándose de nuevo, se puso a orar, diciendo: «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo
beba, hágase tu voluntad». Después volvió y encontró a sus discípulos otra vez dormidos, porque tenían los ojos
cargados de sueño. Los dejó y se fue a orar de nuevo, por tercera vez, repitiendo las mismas palabras. Después de esto, volvió a donde estaban los discípulos y les dijo: «Duerman ya y descansen. He aquí que llega la hora y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levántense! ¡Vamos! Ya está aquí el que me va
a entregar». Echaron mano a Jesús y lo aprehendieron. Todavía estaba hablando Jesús, cuando llegó Judas, uno de los Doce, seguido de una chusma numerosa con espadas
y palos, enviada por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El que lo iba a entregar les había dado esta señal: «Aquel a quien yo le dé un beso, ése es. Aprehéndanlo». Al instante se acercó a Jesús y le dijo: «¡Buenas
noches, Maestro!». Y lo besó. Jesús le dijo: «Amigo, ¿es esto a lo que has venido?». Entonces se acercaron a Jesús, le echaron mano y lo apresaron.
Uno de los que estaban con Jesús, sacó la espada, hirió a un criado del sumo sacerdote y le cortó una oreja.
Le dijo entonces Jesús: «Vuelve la espada a su lugar, pues quien usa la espada, a espada morirá. ¿No crees que si yo se lo pidiera a mi Padre, él pondría ahora mismo a mi disposición más de doce legiones de ángeles? Pero,
¿cómo se cumplirían entonces las Escrituras, que dicen que así debe suceder?». Enseguida dijo Jesús a aquella chusma: «¿Han salido ustedes a apresarme como a un bandido, con espadas y palos? Todos los días yo enseñaba, sentado en el templo, y no me aprehendieron. Pero todo esto ha sucedido para que se cumplieran las predicciones de los profetas». Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.
Verán al Hijo del hombre sentado a la derecha de Dios.
Los que aprehendieron a Jesús lo llevaron a la casa del sumo sacerdote Caifás, donde los escribas y los ancianos estaban reunidos. Pedro los fue siguiendo de lejos hasta el palacio del sumo sacerdote. Entró y se sentó con los criados para ver en qué paraba aquello.
Los sumos sacerdotes y todo el sanedrín andaban buscando un falso testimonio contra Jesús, con ánimo de
darle muerte; pero no lo encontraron, aunque se presentaron muchos testigos falsos. Al fin llegaron dos, que
dijeron: «Este dijo: ‘Puedo derribar el templo de Dios y reconstruirlo en tres días’ «. Entonces el sumo sacerdote se
levantó y le dijo: «¿No respondes nada a lo que éstos atestiguan en contra tuya?». Como Jesús callaba, el sumo
sacerdote le dijo: «Te conjuro por el Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios». Jesús le
respondió: «Tú lo has dicho. Además, yo les declaro que pronto verán al Hijo del hombre, sentado a la derecha de
Dios, venir sobre las nubes del cielo».
Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras y exclamó: «¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Ustedes mismos han oído la blasfemia. ¿Qué les parece?». Ellos respondieron: «Es reo de muerte».
Luego comenzaron a escupirle en la cara y a darle de bofetadas. Otros lo golpeaban, diciendo: «Adivina quién es
el que te ha pegado».
Antes de que el gallo cante, me habrás negado tres veces. Entretanto, Pedro estaba fuera, sentado en el patio. Una criada se le acercó y le dijo: «Tú también estabas con Jesús, el galileo». Pero él lo negó ante todos, diciendo: «No sé de qué me estás hablando». Ya se iba hacia el zaguán, cuando lo vio otra criada y dijo a los que estaban ahí: «También ése andaba con Jesús, el nazareno». El de nuevo lo negó con juramento: «No conozco a ese hombre».
Poco después se acercaron a Pedro los que estaban ahí y le dijeron: «No cabe duda de que tú también eres de ellos,
pues hasta tu modo de hablar te delata». Entonces él comenzó a echar maldiciones y a jurar que no conocía a aquel hombre. Y en aquel momento cantó el gallo. Entonces se acordó Pedro de que Jesús había dicho: ‘Antes de que
cante el gallo, me habrás negado tres veces’. Y saliendo de ahí se soltó a llorar amargamente.
Llevaron a Jesús ante el procurador Poncio Pilato.
Llegada la mañana, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo celebraron consejo contra Jesús para
darle muerte. Después de atarlo, lo llevaron ante el procurador, Poncio Pilato, y se lo entregaron.
Entonces Judas, el que lo había entregado, viendo que Jesús había sido condenado a muerte, devolvió
arrepentido las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a los ancianos, diciendo: «Pequé, entregando la sangre de un inocente». Ellos dijeron: «¿Y a nosotros qué nos importa? Allá tú». Entonces Judas arrojó las monedas
de plata en el templo, se fue y se ahorcó.
No es lícito juntarlas con el dinero de las limosnas.
Los sumos sacerdotes tomaron las monedas de plata y dijeron: «No es lícito juntarlas con el dinero de las limosnas, porque son precio de sangre». Después de deliberar, compraron con ellas el Campo del alfarero, para sepultar ahí a los extranjeros. Por eso aquel campo se llama hasta el día de hoy «Campo de sangre». Así se cumplió lo que dijo el profeta Jeremías: Tomaron las treinta monedas de plata en que fue tasado aquel a quien pusieron precio algunos hijos de Israel, y las dieron por el Campo del alfarero, según lo que me ordenó el Señor.
¿Eres tú el rey de los judíos?
Jesús compareció ante el procurador, Poncio Pilato, quien le preguntó: «¿Eres tú el rey de los judíos?». Jesús
respondió: «Tú lo has dicho». Pero nada respondió a las acusaciones que le hacían los sumos sacerdotes y los
ancianos. Entonces le dijo Pilato: «¿No oyes todo lo que dicen contra ti?». Pero él nada respondió, hasta el punto
de que el procurador se quedó muy extrañado. Con ocasión de la fiesta de la Pascua, el procurador solía conceder
a la multitud la libertad del preso que quisieran. Tenían entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Dijo, pues,
Pilato a los ahí reunidos: «¿A quién quieren que les deje en libertad: a Barrabás o a Jesús, que se dice el Mesías?».
Pilato sabía que se lo habían entregado por envidia.
Estando él sentado en el tribunal, su mujer mandó decirle: «No te metas con ese hombre justo, porque hoy he sufrido mucho en sueños por su causa».
Mientras tanto, los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la muchedumbre de que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. Así, cuando el procurador les preguntó: «¿A cuál de los dos quieren que les suelte?», ellos respondieron: «A Barrabás». Pilato les dijo: «¿Y qué voy a hacer con Jesús, que se dice el Mesías?».
Respondieron todos: «Crucifícalo». Pilato preguntó: «Pero, ¿qué mal ha hecho?». Mas ellos seguían gritando cada vez con más fuerza: «¡Crucifícalo!». Entonces Pilato, viendo que nada conseguía y que crecía el tumulto, pidió agua y se lavó las manos ante el pueblo, diciendo: «Yo no me hago responsable de la muerte de este hombre justo.
Allá ustedes». Todo el pueblo respondió: «¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!». Entonces
Pilato puso en libertad a Barrabás. En cambio a Jesús lo hizo azotar y lo entregó para que lo crucificaran.
¡Viva el rey de los judíos!
Los soldados del procurador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a todo el batallón. Lo
desnudaron, le echaron encima un manto de púrpura, trenzaron una corona de espinas y se la pusieron en la cabeza; le pusieron una caña en su mano derecha y, arrodillándose ante él, se burlaban diciendo: «¡Viva el rey de los judíos!», y le escupían. Luego, quitándole la caña, lo golpeaban con ella en la cabeza. Después de que se burlaron de él, le quitaron el manto, le pusieron sus ropas y lo llevaron a crucificar.
Juntamente con él crucificaron a dos ladrones.
Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo obligaron a llevar la cruz. Al llegar a un lugar
llamado Gólgota, es decir, «Lugar de la Calavera», le dieron a beber a Jesús vino mezclado con hiél; él lo probó,
pero no lo quiso beber. Los que lo crucificaron se repartieron sus vestidos, echando suertes, y se quedaron sentados ahí para custodiarlo. Sobre su cabeza pusieron por escrito la causa de su condena: ‘Éste es Jesús, el rey de los
judíos’. Juntamente con él, crucificaron a dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda.
Si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz
Los que pasaban por ahí lo insultaban moviendo la cabeza y gritándole: «Tú, que destruyes el templo y en tres días
lo reedificas, sálvate a ti mismo; si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz». También se burlaban de él los sumos
sacerdotes, los escribas y los ancianos, diciendo: «Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo. Si es el rey de Israel, que baje de la cruz y creeremos en él. Ha puesto su confianza en Dios, que Dios lo salve ahora, si es que de verdad lo ama, pues él ha dicho: ‘Soy el Hijo de Dios’ «. Hasta los ladrones que estaban crucificados a su lado lo injuriaban.
Elí, Elí, ¿lema sabactaní?
Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, se oscureció toda aquella tierra. Y alrededor de las tres, Jesús exclamó
con fuerte voz: «Elí, Elí, ¿lema sabactaní?», que quiere decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has
abandonado?». Algunos de los presentes, al oírlo, decían: «Está llamando a Elias».
Enseguida uno de ellos fue corriendo a tomar una esponja, la empapó en vinagre y sujetándola a una caña, le
ofreció de beber. Pero los otros le dijeron: «Déjalo. Vamos a ver si viene Elias a salvarlo». Entonces Jesús, dando
de nuevo un fuerte grito, expiró.
Aquí todos se arrodillan y guardan silencio por unos instantes.
Entonces, el velo del templo se rasgó en dos partes, de arriba a abajo, la tierra tembló y las rocas se partieron. Se
abrieron los sepulcros y resucitaron muchos justos que habían muerto, y después de la resurrección de Jesús,
entraron en la ciudad santa y se aparecieron a mucha gente. Por su parte, el oficial y los que estaban con él
custodiando a Jesús, al ver el terremoto y las cosas que ocurrían, se llenaron de un gran temor y dijeron:
«Verdaderamente éste era Hijo de Dios».
Estaban también allí, mirando desde lejos, muchas de las mujeres que habían seguido a Jesús desde Galilea
para servirlo. Entre ellas estaban María Magdalena, María, la madre de Santiago y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo.
José tomó el cuerpo de Jesús y lo depositó en un sepulcro nuevo
Al atardecer, vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, que se había hecho también discípulo de Jesús. Se
presentó a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús, y Pilato dio orden de que se lo entregaran. José tomó el cuerpo, lo
envolvió en una sábana limpia y lo depositó en un sepulcro nuevo, que había hecho excavar en la roca para sí
mismo. Hizo rodar una gran piedra hasta la entrada del sepulcro y se retiró. Estaban ahí María Magdalena y la otra María, sentadas frente al sepulcro.
Tomen un pelotón de soldados, vayan y aseguren el sepulcro como quieran
Al otro día, el siguiente de la preparación de la Pascua, los sumos sacerdotes y los fariseos se reunieron ante Pilato y le dijeron: «Señor, nos hemos acordado de que ese impostor, estando aún en vida, dijo: ‘A los tres días resucitaré’.
Manda, pues, asegurar el sepulcro hasta el tercer día; no sea que vengan sus discípulos, lo roben y digan luego al
pueblo: ‘Resucitó de entre los muertos’, porque esta última impostura sería peor que la primera». Pilato les dijo:
«Tomen un pelotón de soldados, vayan y aseguren el sepulcro como ustedes quieran». Ellos fueron y aseguraron
el sepulcro, poniendo un sello sobre la puerta y dejaron ahí la guardia.
Palabra del Señor.

MI REFLEXION PARA EL DOMINGO DE RAMOS DEL DÍA 5 DE ABRIL DE 2020.

Este Domingo de Ramos es especial. Esta Semana Santa es especial. Tiene como una doble vivencia. Por un lado la alegría de iniciar la Celebración anual de los días centrales de nuestra fe. Pero por otro lado, la tristeza de no poder celebrarlos juntos por las razones que todos sabemos. En esta ocasión, los sacerdotes estamos resignados a tener que celebrar la mayoría de los Sacramentos teniendo como asamblea a las pantallas electrónicas que ahora hacen posible en parte la comunicación y ustedes resignados también a sólo poder “ver y oir” desde lejos, en sus hogares la transmisión de esos misterios, sin poder tener acceso a la Sagrada Comunión Sacramental como ya lo estamos sufriendo desde hace varias semanas. Esto es un verdadero sufrimiento. Si en algo nos sirve de consuelo les puedo decir que la Iglesia de hecho, inició en las casas de familia; al principio no había templos, parroquias, ermitas, basílicas, catedrales. Y se “partía el pan por las casas”. Quizá esto que vivimos ahora haya sido dispuesto para que “regresemos a nuestros orígenes”, a lo mejor habíamos perdido ya el sentido original del Evangelio, del Camino y Dios nos esté pidiendo una verdadera conversión; para mí que esto es un llamado a que tomemos en serio la vida que Dios nos da. Resuena en mis oídos las palabras del profeta que dice “misericordia quiero y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos” (Oseas 6,6). Jamás en mi vida imaginé vivir una Semana Santa como la que tengo que vivir ahora; creo que ustedes tampoco. Que nos sirva a todos para varias cosas:

  1. ARREPENTIRNOS de lo que debemos.
  2. VALORAR lo que tenemos y a lo que ya nos habíamos acostumbrado: Los Sacramentos, la vida, las relaciones familiares, de amistad o amor de matrimonios.
  3. ESTIMAR y APROVECHAR esta única vida que nos ha sido dada. Y aprovecharla para amar como Cristo, para ser misericordiosos como Cristo.
  4. RECONOCER Y ADORAR a nuestro único y verdadero DIOS: JESUCRISTO EL SEÑOR. Nuestro Sumo Pontífice, por cuya Muerte y Resurrección hemos sido rescatados.
    Que lo inaudito de lo que nos está pasando nos ayude a centrarnos en Cristo. Que en Él busquemos refugio y fortaleza. Creo que es momento para que digamos: “Padre mío, si es posible aparta de mí esta Copa, pero que no se haga mi voluntad sino la tuya” (Mt 26, 39).
    La Santísima Virgen que estuvo al pie de la Cruz nos abrace con su amor para que no desfallezcamos ante esta prueba sino que permanezcamos de pie con Ella, en la perseverancia, en la plegaria, en comunión con la Iglesia.

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